Jorge Cáceres (Chile, 1923)


POEMA



La silueta del campo bajo la helada como un abanico
que despliega a la deriva
Y en el horizonte no hay nada más que unos ojos de
cohetes en el instante de partir
Nada más que la noche magnética y el torrente con
garras de castor
Pero a través de esa luz pasan unos ojos de piedras
que ruedan
Y unos labios de manchas que no salen
Y aún en plena selva la cola que se abre como un
gesto de cristal quebrado
Abreviando la noche de diciembre con relámpagos de
topacio claro

La noche de rabo de paloma dorada
que ha caído para siempre bajo el hacha
como un viejo botón
por el desgaste del hilo.
Nada en el pozo sino el aire del sur y la varilla imantada
Y el cazador en el momento de apretar el gatillo
El paisaje desaparece
Nada en la costa sino el sol de mar que ha subido a
dejar la perla en el cenicero cerrado con llave
Pero la torre a lo lejos siente la primavera

Y de la chimenea aún salen esas señales de eclipse
Que atraviesan el campo en forma de seno
En forma de fuego.



LOS BESOS


Los besos entre las hojas
En recuerdo
De los pájaros que encantaban las estrellas en el filo
de sus alas
Por cada grito picoteaban los guijarros del sol
Los muros que les dan formas familiares
Y gestos que reflejan el clima de los labios
Sobre el camino de los últimos besos
O en el eco de las risas del mar.
Con cada una de las fuentes que se diluyen en las hojas
Con cada uno de los ojos de codicia
Con cada uno de los grandes desiertos abandonados
Solitario yo he compartido mi sed.
A la cabecera de los deltas
En los monasterios que penden de los árboles
Yo escojo las cartas del buen tiempo
Las únicas que han permanecido desnudas
En el fondo de las balanzas de armiño
En plena costa
A todo aire
A toda tempestad
Cuando escucho batir los primeros árboles de coral
bajo la piel que yo sé apresar.







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