Jorge Cáceres Poeta Chileno

domingo, 22 de enero de 2017

Aproximadamente, dos kilos y medio (Anxos Sumai, Catoira, Galicia)


La viajera se cruzó por primera vez con François en un restaurante de la ciudad de Kaizu. La ciudad de Kaizu se sitúa en la zona central de la isla japonesa de Honshu. Desayunaban. Ella un té verde, dos piezas de onigiri de salmón y arenques marinados. Él estaba sentado un par de mesas más adelante. Las mesas daban a una ventana desde la la cual se podía ver el río Kiso poco antes de unirse al Nagara y el Ibi. El Kiso, el Nagara y el Ibi se unen a la altura de la ciudad de Kaizu, a donde peregrinó por última vez el monje-poeta Matsuo Basho. Él y ella eran seres extraños en aquel pequeño restaurante, donde los pescadores tomaban sake tibio antes de extender las redes en el Kiso. Unas pocas mujeres, vendedoras de fruta, bebían su taza de té acompañada de pepinos encurtidos.

Después de escudriñarse con la mirada, él se acercó a ella, le tendió la mano:
-François.

Ella también le tendió a mano, presentándose con el primer nombre que se le pasó por la cabeza. La conversación fue breve, puro formalismo. Él reía demasiado, ella ni siquiera sonría. De tanto viajar, se había vuelto silenciosa, cordial pero silenciosa y esquiva.
-Igual nos vemos más tarde -dijo él.
-Espero que no
-respondió ella, con desgano, sin disimular el deseo de no volver a verlo.

Él se fue. Ella se quedó un poco más allí, tomando notas en un cuaderno. Sobre la mesa, una cámara de fotos y una pañoleta de seda floreada. Cuando volvió a mirar por la ventana, vio a François bajando por el embarcadero de madera. Era alto, muy flaco, moreno, todavía joven. Se movía como un junco sacudido por la brisa de la mañana. Vestía unos vaqueros cortados a la altura de las rodillas, deshilachados. Calzaba chanclas de goma. A la espalda cargaba una mochila de cuero viejo, seca y descarnada como un ser humano seco, consumido. Justo como él. Sin embargo, se adivinaba dentro de la mochila un bulto pesado que rozaba el logotipo de la cerveza Kirin estampado en la camiseta. La viajera pensó en la cantidad de cerveza que había bebido e intentó recordar las marcas: Kingfisher, Bucanero, Tusker, Quilmes, Duff, Zhujiang, Tusker… Se sabría perfectamente en que lugares había habitado sólo con recordar todas las marcas de cerveza que había bebido. La viajera cogió la cámara, compró agua y unas pocas mandarinas. Bajó por la misma rampa de madera hasta el río y contrató los servicios de un barquero. Quería hacer alguna foto de los pescadores y de las redes blancas que vibraban con el sol de la mañana. Después comería, tomaría más notas del viaje y, por la noche, se acercaría a valorar el interés fotográfico de la pesca con cormoranes en el río Nagara, aunque sólo de pensar en como los adiestraban sentía un escalofrío. Era el plan de trabajo para ese día. Al día siguiente haría las primeras fotos del cruce de los tres ríos, cerca de la ciudad de Kaizu. Calculaba que a finales de semana, habría acabado el reportaje sobre la ruta del poeta Basho.

Al regresar se encontró con François en el embarcadero. Le molestó verlo, disimuló. Le desagradaba que la gente se le pegase en los viajes y que se entrometiese en su trabajo.
-Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes acompañarme al río Ibi para hacer unas fotos y grabar un vídeo?
-¿Para facebook o para youtube? -le preguntó con desprecio. Cargó con la cámara y la mochila y lo ignoró- Tío, contrata un guía o a un barquero. Yo tengo mucho trabajo.
-No se trata de eso. Por favor, solo un par de horas -François se colocó ante ella, con una sonrisa infantil, con las manos juntas como en una plegaria. Su delgadez, las canillas huesudas, despertó en ella cierta ternura, justo esa ternura tan fastidiosa porque siempre acababa complicándole las cosas.
-Mañana iré al Ibi. Si quieres, acompáñame.
-¿Y hoy no puede ser?
-Hoy no. ¿Por qué tienes tanta prisa?
-Es que llevo a una mujer muerta en la mochila. Se llama Llüisa, es catalana, especialista en algún poeta que navegó los tres ríos.


La viajera lo miró perpleja.

Más o menos un año después del encuentro en Kaizu, la viajera caminaba contra el viento y el polvo para almorzar unos sandwichitos de chorizo y tomar un vaso de malta y huevo en el Kiosko Roca, en Punta Arenas. Vio a un joven delgado bajar la calle empinada que lleva desde la alameda hasta el Estrecho de Magallanes. François. No era posible. Pero sí era posible. François se rió al verla, rió a carcajadas divertido por la coincidencia de encontrarse en un lugar tan extremo. La viajera disimuló, se sintió agredida por la presencia del joven. Deseaba entrar en el Kiosko Roca, comer algo y tomar la bebida de malta y huevo. Pero ahí estaba él, con los vaqueros cortados por las rodillas. En lugar de la camiseta de Kirin, vestía un polar con el símbolo del equipo de fútbol de la Universidad Católica, de Santiago de Chile. También llevaba unos gruesos calcetines de lana hasta media pierna y calzaba botas de trekking. Estaba moreno, muy moreno. Y tenía el pelo largo, más rubio, peinado en rastas gruesas y sucias. La misma mochila a la espalda, vacía, escuálida, pero con un bulto semejante el que llevaba en Kaizu.

François la abrazó. Se sintió incómoda, invadida. El abrazo duró lo suficiente para que ella comenzara a removerse tímidamente, con cortesía. Al separarse él la miró con la misma expresión de niño que la había enternecido en Kaizu.
-Preciso llegar al lago Nordenskjöld, en el Paine. Hazme de guía, por favor. Hay tantos lagos y lagunas allí, que no sé cuál de ellos es.
-¿Qué pasa? ¿Llevas otro muerto en la mochila?
-Sí, y esta vez está completo. Un montañero noruego. Pobre, murió ahogado.


La viajera lo invitó a tomar algo caliente en el Kiosko Roca. El joven parecía aterido. Se sentaron delante del mostrador, en banquetas altas. Había mucha personas haciendo cola, compraban los sandwichiños y salían para comerlos en la calle, mientras caminaban contra el viento y el frío que llegaba del estrecho. Era de no creer la rapidez con que las camareras despachaban los pedidos. François y la viajera quedaron dentro. Siguieron tomando la bebida de malta y huevo y comieron más sandwiches
-Bueno, en realidad sólo son bollitos de pan blanco con paté de chorizo -observó François, pero se los comió a gusto.
-¿Y qué tanto dices tú que pesa un cuerpo?
-Pues, más o menos en dos kilos y medio. Entenderás que depende del tamaño.
-¿Dos kilos y medio? Sólo dos kilos y medio? ¿En tan poco queda un cuerpo al incinerarlo?
-Piensa que las cenizas son casi todo material óseo, y tenemos la hostia de huesos. El resto no es nada, la carne se queda en un puñadito de polvo.
-¿Y se vive bien esparciendo cenizas?
-Sí, se viaja mucho. Desde que nos vimos en Kaizu, ya estuve en Pokkara y en el Nilo. Obviamente. No está mal. Sale caro para quien hace el encargo, pero para mí es el mejor trabajo que podía tener. Debo recoger las cenizas, tramitar los permisos y, después, documentar con fotos y vídeos el esparcimiento. La gente no quiere encontrar fantasmas por la casa adelante por no cumplir sus últimas voluntades, y menos aun si la herencia está sujeta precisamente al cumplimiento de esas últimas voluntades.


La viajera pidió más bebida de malta. La clientela se apilaba, se apretaba y miraba con decaro porque llevaban demasiado tiempo allí, sin compartir las banquetas ni el espacio.
-Visto así, elegiste un buen trabajo.
-Las solicitudes aparecen aparecen a montones. Te mostré en Kaizu mi funeraria online, ¿verdad? -se echó a reír como si acabase de contar un chiste. Ella no se rió, él se puso serio, bebió y limpió los bordes de los labios con la palma de la mano- Y a ti, cuando te mueras, ¿dónde te gustaría ser esparcida?
-Me gusta el hielo. El hielo te atrapa durante millones de años. Sería una buena manera de permanecer inmortal.
-Si me llevas al lago Nordenskjöld, me comprometo a esparcirte en la Antártida cuando la palmes. Con lo pequeña que eres, no vas a dar ni para un kilo.
-¿Y por qué supones que voy a morir antes que tú?
-Tienes más posibilidades, querida. Me llevas veinte años.
-¿Y por qué supones que me vas a esparcir tú?
-Porque cuando nos hartemos de caminar, tú y yo vamos a ser las personas más solitarias del mundo.




Inédito, Punta Arenas (febrero de 2013)








miércoles, 4 de mayo de 2016

Niels Hav (Dinamarca, 1949)


LAS MUJERES DE COPENHAGUE

Me he vuelto a enamorar de cinco mujeres
distintas durante un viaje en el autobús de la ruta 40
de Njalsgade a Osterbro. ¿Cómo va uno a controlar
su vida en esa condiciones?
Una de ellas llevaba un abrigo de piel;
otra, botas rojas. Una leía el periódico; la otra, a Heidegger
y las calles estaban inundadas de lluvia.
En el bulevar Amager subió una princesa empapada,
eufórica y furiosa, y me cautivó totalmente.
Pero se bajó frente a la estación de policía
y su lugar lo tomaron dos reinas con pañoletas fulgurantes
que hablaban con voces estridentes en pakistaní
durante el trayecto al Hospital Municipal
mientras el autobús bullía de poesía.
Eran hermanas e igualmente bellas, por lo que les entregué
mi corazón a las dos y empecé a hacer planes de una nueva vida
en una aldea cerca de Rawalpindi, donde los niños crecen en medio del olor
a hibisco mientras sus madres cantan canciones desgarradoras cuando
la tarde cae sobre las llanuras pakistaníes.

¡Pero ellas no me vieron! Y la que llevaba el abrigo de piel lloraba
con disimulo, cubriéndose con el guante, cuando se bajó en Farimagsgade.
La que leía a Heidegger cerró el libro de súbito y me miró fijamente
con sonrisa burlona, como si acabase de vislumbrar a un Don Nadie
en su mismísima insignificancia. Así se me partió el corazón por quinta vez
cuando se levantó y se fue con las otras. ¡Qué brutal es la vida!
Seguí otras dos paradas antes de darme por vencido.
Siempre termina así: uno, de pie en la acera, fumando un cigarrillo,
tenso y levemente desdichado.



EPIGRAMA

Te puedes pasar la vida entera
acompañado de palabras
sin encontrar
la justa

Igual que un pobre pez
envuelto en un diario húngaro:
¡primero, está muerto,
segundo, no entiende
húngaro!



EL POEMA

No ataque
al poema: ¡Está arrestado!

El poema se niega a obedecer órdenes.

El poema no se da en confinamiento solitario.
El poema deambula en la intemperie,
hurga en los residuos ajenos,
lleva pistola.

El poema desconfía de la ley y los tribunales,
mas confía firmemente en una ética superior.
El poema discute con azarosos transeúntes,
se mete a la oficina ejecutiva con acusaciones infames;
no tiene ningún respeto. Huele mal
(a mierda & rosas)

El poema espera gustoso la tormenta.
El poema pasa la noche en soledad
y desenfrenado éxtasis.
El poema se encuentra en los aeropuertos
a bordo de transbordadores hacinados.
El poema es en gran medida político, pero odia la política.
El poema es quisquilloso,
y abre la boca en raras ocasiones.

El poema estropea la fiesta.
El poema se saca la chaqueta
y sale a tu encuentro.

El nerviosismo es parte del poema.






miércoles, 25 de noviembre de 2015

Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935)

Tabaquería
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.



viernes, 24 de julio de 2015

Vuelta 49


Vuelta 49. Algo así como las 5 de la tarde de un día cualquiera, como la última semana de febrero en verano. Es la primera vez que paso esta fecha en un planeta tan lejano. Cada día después de patrullar el área y confirmar que todo, o casi todo, funciona con la precisión de un gran reloj, intento establecer algún contacto con quienes hablan mi idioma. Eso le da descanso a mi cabeza. Y digo que casi todo funciona con precisión, porque ayer por primera vez experimentamos el retraso de una nave, diez minutos de retraso que significaron diez minutos esperando un espacio disponible en la plataforma de aterrizaje. Mi companero dice que ese tipo de naves fueron hechas en un lugar no muy confiable y que fue un error comprarlas. Aún no tengo claro si los humanos del planeta de donde provengo, pueden realmente acostumbrarse a esta atmósfera y a las sorpresivas tormentas de viento y pájaros que se desatan al menos dos veces por semana. Estoy aquí sólo de paso y he visto que algunos de ellos, los que llevan mas tiempo , son más de aquí que de allá. Es el precio de la supervivencia. Refugiados de diversos lugares comparten esta estación, algunos nunca más vuelven a ver a sus familias, entonces es comprensible que intenten ser parte de un sistema inteligentemente diseñado para la conservación de la vida. No siempre cuando intento establecer contacto funciona, estoy a nueve mil trescientos años luz de mi lugar de origen y a cuatro mil de mi futuro hogar, entonces los mensajes que envío llegan con cierto retraso y las respuestas que recibo, también, sin contar que aquí la noche dura sólo ciento ochenta minutos. El resto, son horas lentas donde lo más caracteristico es el silencio. Un silencio que te recuerda que estás suspendido en medio de la nada, esperando nada, salvo cotidianos movimientos internos que permiten el funcionamiento de todo y de todos. También es importante cortar el pasto, cuidar los árboles, alimentar a los pájaros y utilizar toda la energía eólica y solar posible para el mantenimiento del sistema Millones de años atrás este planeta estuvo cubierto de hielo y una humedad que parece infinita permite la producción y reproduccion de casi todo tipo de alimentos y le da su color característico, verde. Ayer, despues de tres días fuera, cuando volvimos encontramos una pequena planta creciendo dentro del conducto extractor de agua. Comienza la vuelta 49 y al mediodía debemos tomar una nave para ir al centro de la estación a un checkeo médico. Existe aquí una mujer que prepara comida típica de mi planeta, algo que le viene bien a los nostálgicos de ese lejano lugar del universo, pero yo huyo de la nostálgia más que de cualquier otra cosa. Entonces, esta tarde sólo me sentaré a tomar una taza de té con una tarta de flores y aprovecharé el tiempo alimentando a los pájaros para que puedan resistir la próxima tormenta.


viernes, 2 de mayo de 2014

Tres poemas de Armando Rubio (Chile, 1955)




BIOGRAFÍA ANÓNIMA

 

Soy un oscuro ciudadano
abandonado en medio de las calles
por el cuchillo sin pan de mediodía,
despojado y marchito
como el reloj de las iglesias,
sin otro oficio que vagar entre disfraces.

Soy el familiar venido a menos,
enraizado a las tabernas
y a la complicidad del bandolero.
Mi voz naufraga en los cristales de las tiendas,
y he perdido la vista en los periódicos,
pero tengo los pies bien puestos sobre la tierra
y una almohada que vuela por los hospitales
y por los dormitorios del oscuro hogar de nadie.
Tengo una celda amable en las comisarías,
y suelo bailar a hurtadillas bajo la noche
con mi camisa blanca
y mi corbata deshojada.

Soy un oscuro ciudadano
extraviado por el mundo:
voy cogiendo colillas de cigarros,
y canto en los tranvías,
y me peino hacia atrás, valientemente,
para mostrar mi noble frente anónima
en los baños públicos y en los circos de mi barrio.

Soy un oscuro habitante; no soy nadie;
en nada me distingo de algún otro ciudadano;
tengo abuelas y parientes que se han ido
y una espalda ancha que socava
la pared amiga de las cervecerías.

Soy una ola entre todas las olas,
una ola que se levanta
a las seis de la mañana
porque ya no puede
oler el polvo de su casa,
una ola que se alza, alborozaba
hacia las playas
para un retorno interminable al centro de las cosas
donde las olas todas
se empujan mutuamente
estériles y solas.

Porque no soy digno de mi semen,
Señor, yo no soy nadie;
estoy en medio de las calles
girando como un organillero
con mi camisa gastada, inamovible,
mirándome la punta del zapato
por si alguien quiere darme
una moneda que no quiero,
aunque nadie me ha visto pasar
esta tarde ni nunca,
porque nunca soy alguien,
ni siquiera un oscuro ciudadano
resucitado por el hombre.

Mi voz ha muerto en los cristales de las tiendas,
y tengo una espuma de mar aquí en la boca, ebrio,
porque soy una ola entre todas las olas,
que viene a morir en esta arena de miseria
decentemente con su traje de franela
y su ciega corbata
como buen hombre que era.

Fui un oscuro ciudadano,
Señor, no lo divulgues,
cesante, ¡sí!
Hasta aquí llegó la vida,
pero recuerda al fin:
yo nunca pedí nada
porque tuve camisa blanca.





 CIUDADANO

 

No sé de donde viene mi costumbre
de agravarme a las siete de la tarde.
Quizá solo por ser un transeúnte
sin bigote o pañuelo, sin zapato ni amante.

No sé para qué vivo y por qué muero,
si ha tiempo me dijeron las gitanas
que tendré vida cara con final de perros:
o sea que no pienso morir como dios manda.

Conozco bien las piedras de andar, la vista gacha;
recojo los cigarros que pueblan las cunetas
agradeciendo todo en mis andanzas
de oscuros pies de barro y de madera.

Si yo fuera un cantor como soñaba,
me iría por el mundo cantando mis desdichas
para vivir del canto mío y que me escucharan
los que sueñan con una risa limpia.

Pero no tengo voz, ni pañuelo, ni amante;
no sé por qué me vuelvo amigo de los perros
cuando soy un transeúnte de la tarde
sin saber por qué vivo y por qué muero.




CONFESIONES

Soy bestia umbilical, delgada y andariega,
con un aire de pájaro en la calle.

Atado a los semáforos
por ley irrevocable.

Suelo ser atacado por mis hábitos
y por los vendedores ambulantes
que me auscultan la cara
de bar destartalado y decadente.

Amo la ciudad más que a nadie:
las calles y edificios,
noches pobladas de mamíferos
domésticos y astutos, que transitan por bares,
y beben, y comen, y se ríen, y se ríen, y se mueren.

Soy bestia siempre en celo,
pájaro individual, enfermo.

Confiado ciegamente en mis zapatos,
no me pierdo un detalle
de lo que está pasando, que es muy grave.

Me entristecen los hombres, me deprimen
sus orejas, sus dientes, y las blandas
extremidades; las ojeras;
y los rostros desérticos, tortuosos;
bigotes, anteojos, pelos, anillos, monedas;
cigarros defendidos
contra viento y marea; el fraudulento
pudor de las camisas;
y el orgullo, ese orgullo inconcebible...

Sobre todos,
los hombres que van solos por el mundo,
unánimes espaldas, hombros, rabia.

¡Voltear los autobuses, y tocarles
la oreja a los absurdos transeúntes,
saber de abuelas suyas y de hermanas,
y de la fecha atroz en que nacieron!
Cordialmente aborrezco
a los hombres de gafas, que saludan
suficientes, constreñidos,
con una mano blanda, lisa, como de nieve,
y se vuelven, y mueren
de cara ante el periódico;
a todos los que pasan
las horas entre muslos y aguardientes
perpetuando la fiesta de este mundo.

Extraña la ciudad cuando parece
no haber nadie, ni voces de Zutano o Mengano,
cuando una sombra inmensa, resollando
se descuelga de muros, y se manda a cambiar,
de una vez por todas, hacia un patio sin hambre;
aunque haya transeúntes
con ojos de paloma y pecho duro,
y algunos que se tienden en las calles
con un olor a muertos
y a padre avejentado por sus sueños.

Ninguna novedad hoy en la tarde.
La ciudad y su curso inevitable.
Yo, bestia umbilical, pájaro enfermo,
he de seguir de noche
atado al parpadear de los semáforos,
a la misma ciudad donde parece
que ya no habita nadie.