Jorge Cáceres Poeta Chileno

sábado, 25 de diciembre de 2010

Marcela Muñoz Molina (Chile, 1966)


EL TELÉFONO NUNCA MÁS VOLVIÓ A SONAR



Estaban tan ocupadas con sus cosas que ni cuenta se dieron cuando comencé a convertirme en tierra de hojas para mis plantas. No sé acuerdan ni del día, menos de la hora. Yo lo tengo clarísimo, a pesar de los años, porque fue el primer día de frío del otoño del 2112. Ellas ya estaban bastante grandes y cada una hacía su vida, aunque pernoctábamos en la misma carpa de gitanos que veníamos armando en diferentes lugares, según la posición del sol y de algunos planetas que nos protegían. Pensé que quizás, ese era el último otoño que pasábamos en la precordillera. Pero no fue así. Al menos yo, me quedé hasta que mis ojos vieron los últimos pedazos de cometas incendiarse al entrar a la atmósfera y pasar sobre nosotros anunciando lluvias que no eran de agua. Desde mi sillón, al lado de mis plantas, ví también pasar los sucesos de sus vidas y guardé silencio porque sus caminos ya no eran los míos. Sabiendo de mis estados de sonambulismo, ausencias asociadas a una epilepsia dudosamente diagnosticada y a mi costumbre de callarme y observar durante días, decidieron seguir sirviéndome comidas y bebidas, como si estuvieran en México celebrando el día de los muertos. Supongo que esperaban que cualquier día yo estuviese de vuelta. Desde mis huesos cada vez más astillados y desde mis venas quebradizas, las observaba. Casi, casi podían manejarse solas. Cuando sentían necesidad de cariño, se acurrucaban en mi pecho y me hablaban bajito, un poco más allá, las hojas de la ruda tiritaban sin razón y ellas sabían que yo estaba escuchando. Pasaba igual, con las hojas del palo de agua, de la mala madre y otra planta que tenía las hojas en forma de estrellas, pero de la cual nunca supe el nombre. Antes de sentarme en el sillón ese día de frío, pensé en qué las hojas nunca deberían caerse de los árboles y que no era bueno que yo pensara eso mirando por la ventana. Afuera, la gente caminaba con mascarillas que se habían comenzado a distribuir por temor a numerosos virus no identificados, que se habían creado en algunos laboratorios, con la finalidad de reducir el crecimiento de la población mundial. No estaba alcanzando el alimento y menos el agua. Ellas, tres veces por día tomaban esas pastillas que contenían toda clase de vitaminas, ácidos, calcios, potasio, magnesio y betacaroteno entre otras cosas. A eso, había que sumarle suplementos alimenticios que reemplazaban varias comidas del día. La mesa del comedor había perdido totalmente su sentido. Estaba como yo, agazapada en un rincón esperando el nacimiento y la caída de las hojas. Durante los últimos cuatro meses, cosas poco comunes comenzaron a suceder, afectando por sobre todo a los seres más sensibles. La desesperación se apoderó de ellos. Dejaron de comer, dejaron de dormir y hablaban lenguas que desde hace mucho no se practicaban en el planeta. Sus cuerpos comenzaron a enfermar. Había grandes cantidades de ballenas varadas en diversas bahías del mundo y especies como delfines y caballos de mar, se dejaban morir en la mitad de los océanos. Las comunicaciones se habían vuelto muy complicadas desde que la última tormenta solar no fue registrada a tiempo por el satélite que las monitoreaba. Se presentó de sorpresa y quedamos a oscuras durante varias semanas, algunas líneas telefónicas funcionaban, pero muy pocas. La mía quizás, por nuestra ubicación no sufrió desperfectos, pero no tuvimos más señal de televisión ni conexión a la red. Con el tiempo, nos habilitaron un sistema de iluminación que se extendía de nueve a doce de la noche. Para mí, era suficiente. Mis pequeñas alegrías comenzaron a consistir en recurrir a mis viejos libros acumulados y leerlos durante horas, aprender a hacer velas y remedios en base a hierbas que cultivaba en mi terraza. Supe que todo esto sería necesario varios años antes que la tormenta se presentara. Los vendía a precios que mis vecinos pudiesen pagar y si no, los intercambiaba por café o té, bebidas que se habían convertido en un lujo. Pero mi máxima alegría consistía en las llamadas telefónicas que recibía de un amor de mi niñez que reapareció después de cincuenta años. Me llamaba tres o cuatro veces por noche, para contarme historias de veleros, de largas caminatas en los veranos, de caballos que se aparecían en la noche, de alacranes, de trenes que volaban sobre los cerros. Me contaba sobre los diamantes que su abuela guardaba en un cofre, de una casa inmensa con muchos dormitorios, de un piano en el subterráneo, de una gran escalera, de una quinta enorme con muchos árboles, con damascos que él mismo cosechaba, de una cabra que enloqueció por comer una planta secreta, de una gaviota que atrapó en la playa y que terminó conviviendo con las gallinas. Me contaba de su primer día de colegio, con frío y con pantalones cortos, apretando su sándwich en sus manitos chiquititas como si fuera el único bien que lo salvaría de todo. Me hablaba durante horas, de cómo su abuela lo metía en su cama cuando él tenía miedo en la mitad de la noche, como jugaba a escondidas en el laboratorio del colegio a la hora del recreo. Cómo saltaba las olas en los veranos, con sus hijos sentados sobre sus hombros y cómo se cayó al mar una vez, pero nunca perdió la calma, como creció 27 centímetros en un año y nadie entendía nada. Me habló de un abuelo dueño de barcos, que iban y veían de Europa, me hablaba de días llenos de sol y de la pérdida del paraíso. Me contaba sobre los clanes en Escocia y de la vida en las islas, de hombres que peleaban muchas batallas y se negaban a la muerte. Me habló también de algunas cosas tristes, de su madre escapando de noche, en la mitad del campo, con tres niños pequeños y uno por nacer, de cómo descubrió que el amor no se construye, sino que se encuentra y supongo que así mismo se abandona, de hijos que dejaron de ser niños, de dolores y de tristezas viejas y secretas. El me contaba esas historias, mientras el mundo se re acomodaba como podía. Yo era la piedra lunar donde él se reflejaba. El era el ombligo que me comunicaba con una humanidad perdida y con mi propia humanidad. Me colgué cuatro meses de la luz de un amor que no fue antes y que ahora no podía ser, porque no quedaba tiempo. Respiré con un pulmón que no era mío, que ya no lo sería, porque todo perdía sentido como la mesa del comedor y mi esqueleto doblado en un rincón de la carpa. Me saqué por cuatro meses mi traje de lata y fui otra vez la niña que caminaba por los caminos de la prehistoria, cuando la distancia no se medía en lugares, sino en tiempos. Y ese último día, cuando miré por la ventana y me dí cuenta que las hojas estaban cayendo de nuevo, con el crujido de su caída supe que mi teléfono nunca más volvería a sonar. Entonces me senté en el sillón del rincón, al lado de la ruda y del palo de agua y comencé a convertirme en tierra de hojas, en abono para ellas. Queriendo ser una con ellas. Esperando silenciosa la lluvia de asteroides, anunciada luminosamente por los cometas.






martes, 30 de noviembre de 2010

Chiyo ni (Japón) 1703-1775

La rama en flor del ciruelo
otorga perfume
al que la corta.


En las lluvias de primavera
todas las cosas
son más bellas.


Sin niño que se acerque
las paredes de papel
están frías


Todo lo que recogemos
en la playa de marea baja
se mueve.




jueves, 4 de noviembre de 2010

Oliverio Girondo (Argentina, 1891-1967)


LO QUE ESPERAMOS

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.



YOLLEO

Eh vos
tatacombo
soy yo

no me oyes
tataconco
soy yo sin vos
sin voz
aquí yollando
con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos
lo sé
lo sé y tanto,
desde el yo mero mínimo al verme yo, harto en todo
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre siempre yollando
y yoyollando siempre
por qué
Si sos
por qué dí
eh vos
no me oyes
tatatodo
por qué tanto yollar
responde
y hasta cuándo...


QUE LOS RUIDOS TE PERFOREN LOS DIENTES...


Que los ruidos te perforen los dientes, 
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.







lunes, 25 de octubre de 2010

Teresa Calderón ( Chile, 1955)

ESTADO DE SITIO
 
Considerando la gravedad de los últimos acontecimientos,
y el desorden interno que se vive en mi país por estos días.
Considerando también los actos subversivos de mis sentimientos
y la sucesiva insurrección de la voluntad solicito refuerzos
al Estado Mayor de mi conciencia.
Emite un bando que establece, de inmediato,
la situación de emergencia,
y a resguardar la ciudadanía me envía sus centurias
con estrictas órdenes de dar la vida si fuera necesario.

Mi corazón anárquico acepta un gobierno provisorio,
mientras yo continúo en gestiones clandestinas con tus ojos
con tu boca invasora de todos mis límites,
en esta guerra que me declaras,
en este amor abierto entre nosotros.


Obra Poética”, Género femenino, Pp. 100, 2003




martes, 19 de octubre de 2010

Claudio Bertoni (Chile, 1946)

 

Luciano

Siempre que barro
me encuentro con una bolita de cristal
con una "lunita"
que se le quedó una vez a mi sobrino
cuando durmió aquí
Nunca la recojo
ni la guardo
ni se la devuelvo
ni mucho menos la boto
La dejo que dé vueltas por ahí no más
que conviva conmigo
que tenga su vida ahí en el suelo
como una lucecita que dice "Luciano".


"cause I'll be back in my feet someday"

....... ( Ray Charles)
 
acabo de dar vuelta
uno de esos bichitos negros
que aquí en Concón
siempre quedan patas para arriba.
meando un rato después
pienso en lo bueno que sería
que apareciera un dedo gigante
y me diera vuelta
a mí también.

 

RESULTA

Ahora resulta que tengo cáncer
Ahora resulta que voy a la gruta
de Lourdes
Ahora resulta que no tengo
cáncer
Ahora resulta que tengo fe
Ahora resulta que voy a
una orgía
Ahora resulta que no tengo fe
Ahora resulta que
soy un desprejuiciado
Ahora resulta que soy
un desgraciado
Ahora resulta que tengo cáncer
de nuevo
Ahora resulta que voy a la gruta de Lourdes de nuevo
Ahora resulta que no resulta
¡Ahora resulta que Dios
es un picado!



sábado, 16 de octubre de 2010

Enrique Lihn (Chile, 1929-1988)


                                                                       
                                                                PORQUE ESCRIBI



Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,  porque escribí porque escribí estoy vivo.





jueves, 14 de octubre de 2010

Nicanor Parra (Chile, 1914)















SOLO DE PIANO

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos más que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios)
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino que para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen,
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y que se llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas:

Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.
                                                                                          
                                                                          De Poemas y antipoemas (Santiago, Nascimento,1954)







martes, 12 de octubre de 2010

Aristóteles España (Chile, 1955)


LA VENDA


La venda es un trozo de oscuridad
que oprime,
un rayo negro que golpea las tinieblas,
los íntimos gemidos de la mente,
penetra como una aguja enloquecida,
la venda,
en las duras estaciones de la ira
y el miedo,
hiriendo, desconcertando,
se agrandan las imágenes,
los ruidos son campanas
que repican estruendosamente,
la venda,
es un muro cubierto de espejos y musgos,
un cuarto deshabitado,
una escalera llena de incógnitas,
la venda,
crea una atmósfera fantasmal,
ayuda a ingresar raudamente
a los pasillos huracanados
de la meditación y el pánico.


Y NO ERAN PERROS
 
Anoche al acostarme
escuché ladridos
en algún lugar del Campamento.
Y NO ERAN PERROS
.

 
( Del libro “Dawson”, 1985 )


lunes, 11 de octubre de 2010

Luisa Valenzuela (Argentina,1938)


Los mejor calzados



Invasión de mendigos pero queda un consuelo: a ninguno les faltan zapatos, zapatos sobran. Eso sí, en ciertas oportunidades hay que quitárselo a alguna pierna descuartizada que se encuentra entre los matorrales y sólo sirve para calzar a un rengo. Pero esto no ocurre a menudo, en general se encuentra el cadáver completito con los dos zapatos intactos. En cambio las ropas sí están inutilizadas. Suelen presentar orificios de bala y manchas de sangre, o han sido desgarradas a latigazos, o la picana eléctrica les ha dejado unas quemaduras muy feas y difíciles de ocultar. Por eso no contamos con la ropa, pero los zapatos vienen chiche. Y en general se trata de buenos zapatos que han sufrido poco uso porque a sus propietarios no se les deja llegar demasiado lejos en la vida. Apenas asoman la cabeza, apenas piensan (y el pensar no deteriora los zapatos) ya está todo cantado y les basta con dar unos pocos pasos para que ellos les tronchen la carrera.
Es decir que zapatos encontramos, y como no siempre son del número que se necesita, hemos instalado en un baldío del Bajo un puestito de canje. Cobramos muy contados pesos por el servicio: a un mendigo no se le puede pedir mucho pero sí que contribuya a pagar la yerba mate y algún bizcochito de grasa. Sólo ganamos dinero de verdad cuando por fin se logra alguna venta. A veces los familiares de los muertos, enterados vaya uno a saber cómo de nuestra existencia, se llegan hasta nosotros para rogarnos que les vendamos los zapatos del finado si es que los tenemos. Los zapatos son lo único que pueden enterrar, los pobres, porque claro, jamás les permitirán llevarse el cuerpo. Es realmente lamentable que un buen par de zapatos salga de circulación, pero de algo tenemos que vivir también nosotros y además no podemos negarnos a una obra de bien. El nuestro es un verdadero apostolado y así lo entiende la policía que nunca nos molesta mientras merodeamos por baldíos, zanjones, descampados, bosquecitos y demás rincones donde se puede ocultar algún cadáver. Bien sabe la policía que es gracias a nosotros que esta ciudad puede jactarse de ser la de los mendigos mejores calzados del mundo.






domingo, 10 de octubre de 2010

Enrique Gómez-Correa (Chile, 1915-1995)



III


Y sin embargo apenas tenemos noción de lo que es un sueño petrificado
De la sonrisa que se separa del rostro
Del hombre que desafía el mundo invisible.

Tú bien sabías elegir la ola arrancada a viva fuerza del cerebro
En ella te sumías reconociendo a cada instante lo desconocido
El ángel que significaba para ti el abismo que hay entre un cristal y otro
Tú le habías visto llorar las más tristes lágrimas
Te habías hecho la promesa de hacer caminar esas flores abandonadas en el fondo del mar sólo al toque de tu voz                                                                                                                                 
Yo conocía ese misterio
Lo presentía cada vez que la marea se desbordaba de la copa negra del sueño
Pero tú no habrías deseado sino perderte para siempre en esos laberintos del reino mineral.

Otros se dirán cuando el olvido forme una nube alrededor de nuestras frentes
Que aquello que es construido con la substancia misma del sueño no puede perecer
Que el pájaro más bello es el que se espanta frente a su sombra
Porque siempre la mano que desata el corazón sufre las consecuencias del cielo.

Tú lo sabias
Toda altura es un principio de lo desconocido
Y por eso el árbol siempre intenta devorar la nube que lo provoca
Se nos hace una marca de fuego una marca de maldición
Y desde entonces uno se transforma en un extraño de este mundo.

Tú lo sabías
Viviendo en el mundo invisible
Tú pasas al mundo invisible
No haces más que cambiar de guantes
Porque somos
Tú lo sabías
Sólo vibración de las membranas de la noche.

La sangre se sube a la cabeza con el misterio de la ciudad
Sus calles toman también un sabor a sangre
Todo se disuelve en las encantaciones de sus nombres
La vida es un nombre
Tú lo sabías
Yo habría ordenado que todas las bailarinas
Caminando en la punta de los pies
Llevasen tu cadáver a través de la ciudad
Pero tú te vas hacia la noche que se ilumina con tus sienes
Te vas con elegancia
Te vas tú lo sabías yo también lo sabía
Con una lámpara de acetileno en la mano
Líquido como el carbón
Te vas Jorge Cáceres
Como el labio que desafía el infinito.



De Carta-elegía a Jorge Cáceres, 1943



sábado, 9 de octubre de 2010

Marcela Muñoz Molina (Chile, 1966)

POEMA SEIS


Este colegio, como buen colegio de monjas,
tiene ventanas iguales, pastos iguales
y bichos luminosos que rebotan en el aire.
Tiene un cielo sembrado de pájaros,
que comen antenas, pantallas y colores,
tiene espaciales gotas de sangre
que golpean los vidrios,
en mañanas vírgenes
escondidas bajo las cabelleras.
Tiene palomas que ruedan por los techos
y comen maíces enfrascados en misas.
Hay en este colegio
como buen colegio de monjas,
subterráneos eternos con historias mohosas
y en las aulas, un olor a pasado y a melancolía,
diálogos absurdos, niños escondidos
y deshonrosos secretos guardados.
Una pieza con santos y estampas
tatuados en agua,
que se volarán en un tiempo de guerra y protesta.
Hay en este colegio, como buen colegio de monjas
quejidos de gente amontonada y en extinción
que tejen a diario cordeles de acero
para borrarse como yo lo hice
desde el campanario
de este indestructible colegio de monjas.

(de Ángeles y Limousinas, 1989)




viernes, 8 de octubre de 2010

Eduardo Llanos (Chile, 1956)


Las Muchachas Sencillas
Las muchachas sencillas
dudan que el mundo sea un balneario
para lograr bronceados excitantes
y exhibirse como carne en la parrilla
de una hostería al aire libre.

Las muchachas sencillas
no cultivan el arte de reptar hacia la fama
ni confunden a las personas con peldaños
ni practican ocios ni negocios
ni firman con el trasero contratos millonarios.


Las muchachas sencillas
estudian en liceos con goteras,
trabajan en industrias y oficinas,
rehúyen las rodillas del gerente,
hacen el amor con Luis González
en hoteles, en carpas, en cerros, en lugares sencillos.

Las muchachas sencillas
se convierten en madres, en esposas sencillas,
luchan largos años como sin darse cuenta,
llenándose de canas, de várices y nietos.
Y cuando abandonan este mundo
dejan por todo recuerdo sus miradas
en fotos arrugadas y sencillas.



Helicóptero
H E L I C Ó P T E R O
de
la
muerte
zumba y zumba
dejándonos el cráneo
y el esqueleto temblorosos.
¿Cómo olvidar el tableteo de aquellas metralletas tartamudas
arrasando con furia a los francotiradores apostados en las
azoteas y los tejados de esos edificios cercanos a La Moneda?
Memoria, basural de imágenes,
¿para qué embellecerte
escribiendo versos
en el aire?





jueves, 7 de octubre de 2010

Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984)



Lucas, sus largas marchas 


Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol.
Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza. Vaya a saber cuando se inicio la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión hacia el rumbo que lo llevaría a Margarita. Repleto de lechuga fresca, cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me dije esperanzadamente que antes de que el pino del patio sobrepasara la altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo visual de Margarita para llevarle mi mensaje simpático; entretanto, desde aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación de sus trenzas y sus brazos.
Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga pare el subir y bajar incontables paredes o atravesar íntegramente una fábrica de fideos. Pero más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de trompadas. Lo triste es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo tosa, me espera del otro lado de la ciudad. Si en vez de Osvaldo yo me hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama largo y dulcemente, cuando se quiere llegar al termino de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil, después de todo, decidir cuales son las ventajas y cuales los inconvenientes de estas opciones.

(de Un tal Lucas, 1962)






miércoles, 6 de octubre de 2010

Erick Pohlhammer (Chile, 1955)



Yo no sé lo que ustedes irán a pensar de esto


Yo no sé lo que ustedes irán a pensar de esto
Ustedes siempre piensan lo primero que se les ocurre
Rara vez escuchan a secas lo que uno dice
Mejor me quedo callado ustedes van a hablar por atrás
Y es algo que si no lo digo jamás lo sabrán por otra fuente
Además tiene que ver exclusivamente con ustedes
No es tan importante pero sí es importante
No voy a ser tan imbécil de sentarme a escribir
Perder media hora para tocar un tema insípido
Si solamente no interpretaran las cosas
Bueno hay cosas que necesariamente deben ser interpretadas
Me sería facilísimo no haber dicho nada
Es que no puedo confiar en ustedes
Si les dije que se los iba a decir se los voy a decir
Porque de mí podrán decir cualquier cosa
Menos decir que no digo lo que dije que diría
Se relaciona con un problema que nos toca a todos
Lo malo es que si lo digo pero se los voy a decir
Cada uno lo va a interpretar a su manera
El que lo interprete al revés se va a sentir herido
Y no quiero herir a nadie yo necesito decir la verdad
Ya se están poniendo el parche antes de la herida
Si doy mi propia interpretación también la interpretarán
Por eso me vi en la obligación de escribir un poema
Sólo un poema podía expresar este secreto
No así yo prefiero quedar como que no cumplo lo que digo
A decir cosas para que ustedes las pasen por alto
Estoy seguro que creyeron que no dije nada
Y ahora más encima van a empezar a hablar por atrás
Sabía que iba a pasar esto no importa nadie tiene la culpa
Nunca nos hemos entendido ni nos vamos a entender






martes, 5 de octubre de 2010

Leopoldo María Panero (España, 1948)


20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO

Como un hilo o aguja que casi no se siente
como un débil cristal herido por el fuego
como un lago en que ahora es dulce sumergirse
oh esta paz que de pronto cruza mis dientes
este abrazo de las profundidades
luz lejana que me llega a través de la inmensa lonja de
la catedral desierta
quién pudiera quebrar estos barrotes como espigas
dejad me descansar en este silencioso rostro que nada
exige
dejadme esperar el iceberg que cruza callado el mar sin
luna
dejad que mi beso resbale sobre su cuerpo helado
cuando alcance la orilla en que sólo la espera es posible
oh dejadme besar este humo que se deshace
este mundo que me acoge sin preguntarme nada este
mundo de titíes disecados
morir en brazos de la niebla
morir sí, aquí, donde todo es nieve o silencio
que mi pecho ardiente expire tras de un beso a lo que
es sólo aire
más allá el viento es una guitarra poderosa pero él no
nos llama
dejadme entonces besar este astro apagado traspasar el
espejo y llegar así adonde ni siquiera el suspiro es
posible
donde sólo unos labios inmóviles
ya no dicen o sueñan
y recorrer así este inmenso Museo de Cera deteniéndome
por ejemplo en las plumas recién nacidas
o en el instante en que la luz deslumbra a la crisálida
y algo más tarde la luna y los susurros
y examinar después los labios que fulgen
cuando dos cuerpos se unen formando una estrella
y cerrar por fin los ojos cuando la mariposa próxima a
caer sobre la
tierra sorda quiere en vano volver sus alas hacia lo verde
que ahora la desconoce.