Jorge Cáceres Poeta Chileno

viernes, 7 de abril de 2017

Maya Angelou (Saint Louis, Misuri, USA. 1928)


ALONE

Anoche
acostada, pensaba
Cómo encontrar para mi alma una casa

Donde el agua no tenga sed
Y la pieza de pan no sea una piedra
Se me ocurrió una cosa
Y no creo que me equivoque
Que nadie,
Pero nadie
puede hacerlo solo aquí.
Solo, todo solo
Nadie, pero nadie
puede hacerlo solo.
Hay algunos millonarios
Con dinero que no pueden usar
Sus esposas corren alrededor como banshees
Sus hijos cantan blues
Ellos tienen médicos caros
Para curar sus corazones de piedra.
Pero nadie
No, nadie
puede hacerlo solo aquí.
Solo, todo solo
Nadie, pero nadie
Puede hacerlo solo.
Ahora si escuchas atentamente
Te diré lo que sé
Nubes de tormenta se están acumulando
El viento va a soplar
La raza del hombre está sufriendo
Y puedo oír el gemido,
Porque nadie,
Pero nadie
Puede hacerlo solo aquí.
Solo, todo solo
Nadie, pero nadie
Puede hacerlo solo.




Y AÚN ASÍ, ME LEVANTO.

Tú puedes escribirme en la historia

con tus amargas, torcidas mentiras,

puedes aventarme al fango

y aún así, como el polvo...me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque camino
como si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa...?

Como lunas y como soles,
con la certezas de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,
así...yo me levanto.

¿Me quieres ver destrozada?
Cabeza agachada y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo pátio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, me levanto.

¿Mi sensualidade te molesta?
¿Surge como una sorpresa
que yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se juntas mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando
me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.








miércoles, 5 de abril de 2017

Rodrigo Lira (Chile, 1949)


GRECIA 907, 1975

Derrepente
no voy aguantar mas y emitiré un alarido
un alarido largo de varias horas
previamente - habrá que tomar precauciones-
habré electrificado mi balcón
cerrado la puerta con llave
(se me olvidaba que he de instalar una reja en la ventana del baño)
sembrado mis paredes con amuletos fabricados en noches de viernes a sábado
de tal manera que los tanques
queden atascados a varios cientos de metros de distancia
los pilotos de los jocker panthers
no puedan controlar sus lúpings y se estrellen
justamente encima de los camiones de soldados
que justamente habrán chocado con los tanques
que estarán atascados en el asfalto
que empezará a derretirse
a los pocos minutos
del alarido que emitiré cuando
no aguante más

Derrepente no voy aguantar más:
ya no bastará con las pajas mías de cada noche
con los pitos nuestros de cada día
y cuando no basten los opiáceos
los sicofármacos
los traquilizantes mayores o menores
las botellas de vino, cerveza, pisco o agua mineral

Previamente
me habré mesado los cabellos y las barbas
las cejas, las axilas, los vellos pubianos
me habre dado largos baños de tina y extensas duchas
y cuando todo eso ya no baste
emitiré un largo y potente alarido

Entonces
las ventanas del edificio Diego Portales
estallarán en varios miles de pedazos
llorarán las guaguas, las monjas, las doncellas y los ancianos
los profesores deberán suspender las clases
los teléfonos comunicarán con números equivocados
pero no importará porque nadie podrá hablar por teléfono:
mi alarido impedirá que se escuche
lo que tenga que decir la gente que llame desde Mendoza
desde Arica a San Vicente de Tagua Tagua o desde las Antípodas
preguntando qué pasa
qué es ese zumbido extraño
que parece provenir desde Santiago de Chile
y la gente que pasa por la calle Ahumada
tendrá que correr a refugiarse en los agujeros del Metro
y los niños que cantan en las micros
cantarán más fuerte que nunca
quizá si por primera vez con alegría
al ver que las ventanas
primero se trizan
las trizaduras se extienden por las carrocerías de hojalata
y el techo cae sobre los pasajeros
sin causarles daño alguno y permitiéndoles respirar
pues mi alarido hará que el smog se disipe
es decir se concentre en las oficinas públicas
por donde entrará a través de las ventanas rotas
haciendo que todos los burócratas se vean compelidos
a elegir: o se afixian
o saltan al vacio, pues
los ascensores se habrán atascado
y las cajas de las escaleras
actuarán como cajas de resonancia
al igual que las cajas de fósforos
al igual que las cajetillas de cigarillos
al igual que los cajones de los escritorios
al igual que los ataúdes
despertando a los que hayan sido enterrados
por error del médico o por malas intenciones
haciendo que se sumen a mi alarido
mientras los perros aúllan y los jóvenes
huyan a las montañas
sin saber que mi alarido puede hacer brotar un volcán
en cualquiera de ellos
aunque probablemente el volcán brotará
en el cerro San Cristóbal
haciendo que la estatua de la virgen
salga disparada como un cohete
que se perderá majestuosamente entre las nubes
causando gran desconcierto entre los ángeles de la guarda
que habrán quedado cesantes a causa de las catástrofes
que se han anticipado
sólo en parte, pues serán inumerables
pues debe entenderse que los efectos de mi alarido serán multiplicados
en tanto que todos los locos se sumarán al alarido y tendré cómplices
provistos de algodón en abundancia para taparse las orejas y que harán
sonar todas las sirenas de incendio de la ciudad o por lo menos la mayor parte
mientras los repartidores de helados y gas licuado hacen sonar
sus balones y cencerros compulsivamente , al igual que los sacristanes
las campanillas y los bedeles de escuela las campanas, creyendo que ha
llegado el apocalipsis que alucinó Loannis en Patmos y la Semana de la
Primavera, respectivamente, pues me olvidaba advertir que el alarido ese
será en Primavera, ya que el invierno que estamos viviendo esta bastante
helado y tengo la garganta
pa-la-cagá.





sábado, 1 de abril de 2017

Beatriz Vignoli (Argentina, 1965)


ECLIPSE

En el horno de leña y de ladrillos
el cóncavo disco de hierro donde se asa
la carne y los panes se tuestan
parece, en su trípode, una de aquellas cosas
antiguas frente a las que tanto
te gustaba fumar.

Tu amigo me cuenta: vas a las cuatro plazas
por una vereda, por la otra
vereda vas volviendo como el loco a su casa.
Tu amigo me cuenta: en todos estos años
no pronunciaste más una palabra.

Cruza las piernas: noto que sus botas
son del mismo estilo que ya era viejo entonces.
La lleva, sin embargo, con gracia
pero su silencio es un reproche.

Oscuro contra el fuego, el perfil del disco
parece rebanado de un eclipse total.




DAFNE
a Hugo Padeletti

Ser verde en el invierno,
ser brisa y ser azul,
deprisa:
que padre río me transforme en árbol.

Debo espejar lo eterno en el instante
del brillo,
ser la cava del grillo:
que padre río me transforme en árbol.

Entre las hojas el trueno al sol murmura;
yo huyo en la espesura.

No quiero ser la cosa
que un dios rapta y destroza
y durar como resto:
dadme al pesto.

Que padre río me transforme en árbol.

Sólo existir apenas,
floral, obscena sombra de la gloria
en una vana frente. No la afrenta
de Apolo.

Prefiero vegetar, vegetalmente.
Que sea sueño toda mi memoria.



LA CAÍDA

Si te dicen que caí
...
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados.
Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.






domingo, 22 de enero de 2017

Aproximadamente, dos kilos y medio (Anxos Sumai, Catoira, Galicia)


La viajera se cruzó por primera vez con François en un restaurante de la ciudad de Kaizu. La ciudad de Kaizu se sitúa en la zona central de la isla japonesa de Honshu. Desayunaban. Ella un té verde, dos piezas de onigiri de salmón y arenques marinados. Él estaba sentado un par de mesas más adelante. Las mesas daban a una ventana desde la la cual se podía ver el río Kiso poco antes de unirse al Nagara y el Ibi. El Kiso, el Nagara y el Ibi se unen a la altura de la ciudad de Kaizu, a donde peregrinó por última vez el monje-poeta Matsuo Basho. Él y ella eran seres extraños en aquel pequeño restaurante, donde los pescadores tomaban sake tibio antes de extender las redes en el Kiso. Unas pocas mujeres, vendedoras de fruta, bebían su taza de té acompañada de pepinos encurtidos.

Después de escudriñarse con la mirada, él se acercó a ella, le tendió la mano:
-François.

Ella también le tendió a mano, presentándose con el primer nombre que se le pasó por la cabeza. La conversación fue breve, puro formalismo. Él reía demasiado, ella ni siquiera sonría. De tanto viajar, se había vuelto silenciosa, cordial pero silenciosa y esquiva.
-Igual nos vemos más tarde -dijo él.
-Espero que no
-respondió ella, con desgano, sin disimular el deseo de no volver a verlo.

Él se fue. Ella se quedó un poco más allí, tomando notas en un cuaderno. Sobre la mesa, una cámara de fotos y una pañoleta de seda floreada. Cuando volvió a mirar por la ventana, vio a François bajando por el embarcadero de madera. Era alto, muy flaco, moreno, todavía joven. Se movía como un junco sacudido por la brisa de la mañana. Vestía unos vaqueros cortados a la altura de las rodillas, deshilachados. Calzaba chanclas de goma. A la espalda cargaba una mochila de cuero viejo, seca y descarnada como un ser humano seco, consumido. Justo como él. Sin embargo, se adivinaba dentro de la mochila un bulto pesado que rozaba el logotipo de la cerveza Kirin estampado en la camiseta. La viajera pensó en la cantidad de cerveza que había bebido e intentó recordar las marcas: Kingfisher, Bucanero, Tusker, Quilmes, Duff, Zhujiang, Tusker… Se sabría perfectamente en que lugares había habitado sólo con recordar todas las marcas de cerveza que había bebido. La viajera cogió la cámara, compró agua y unas pocas mandarinas. Bajó por la misma rampa de madera hasta el río y contrató los servicios de un barquero. Quería hacer alguna foto de los pescadores y de las redes blancas que vibraban con el sol de la mañana. Después comería, tomaría más notas del viaje y, por la noche, se acercaría a valorar el interés fotográfico de la pesca con cormoranes en el río Nagara, aunque sólo de pensar en como los adiestraban sentía un escalofrío. Era el plan de trabajo para ese día. Al día siguiente haría las primeras fotos del cruce de los tres ríos, cerca de la ciudad de Kaizu. Calculaba que a finales de semana, habría acabado el reportaje sobre la ruta del poeta Basho.

Al regresar se encontró con François en el embarcadero. Le molestó verlo, disimuló. Le desagradaba que la gente se le pegase en los viajes y que se entrometiese en su trabajo.
-Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes acompañarme al río Ibi para hacer unas fotos y grabar un vídeo?
-¿Para facebook o para youtube? -le preguntó con desprecio. Cargó con la cámara y la mochila y lo ignoró- Tío, contrata un guía o a un barquero. Yo tengo mucho trabajo.
-No se trata de eso. Por favor, solo un par de horas -François se colocó ante ella, con una sonrisa infantil, con las manos juntas como en una plegaria. Su delgadez, las canillas huesudas, despertó en ella cierta ternura, justo esa ternura tan fastidiosa porque siempre acababa complicándole las cosas.
-Mañana iré al Ibi. Si quieres, acompáñame.
-¿Y hoy no puede ser?
-Hoy no. ¿Por qué tienes tanta prisa?
-Es que llevo a una mujer muerta en la mochila. Se llama Llüisa, es catalana, especialista en algún poeta que navegó los tres ríos.


La viajera lo miró perpleja.

Más o menos un año después del encuentro en Kaizu, la viajera caminaba contra el viento y el polvo para almorzar unos sandwichitos de chorizo y tomar un vaso de malta y huevo en el Kiosko Roca, en Punta Arenas. Vio a un joven delgado bajar la calle empinada que lleva desde la alameda hasta el Estrecho de Magallanes. François. No era posible. Pero sí era posible. François se rió al verla, rió a carcajadas divertido por la coincidencia de encontrarse en un lugar tan extremo. La viajera disimuló, se sintió agredida por la presencia del joven. Deseaba entrar en el Kiosko Roca, comer algo y tomar la bebida de malta y huevo. Pero ahí estaba él, con los vaqueros cortados por las rodillas. En lugar de la camiseta de Kirin, vestía un polar con el símbolo del equipo de fútbol de la Universidad Católica, de Santiago de Chile. También llevaba unos gruesos calcetines de lana hasta media pierna y calzaba botas de trekking. Estaba moreno, muy moreno. Y tenía el pelo largo, más rubio, peinado en rastas gruesas y sucias. La misma mochila a la espalda, vacía, escuálida, pero con un bulto semejante el que llevaba en Kaizu.

François la abrazó. Se sintió incómoda, invadida. El abrazo duró lo suficiente para que ella comenzara a removerse tímidamente, con cortesía. Al separarse él la miró con la misma expresión de niño que la había enternecido en Kaizu.
-Preciso llegar al lago Nordenskjöld, en el Paine. Hazme de guía, por favor. Hay tantos lagos y lagunas allí, que no sé cuál de ellos es.
-¿Qué pasa? ¿Llevas otro muerto en la mochila?
-Sí, y esta vez está completo. Un montañero noruego. Pobre, murió ahogado.


La viajera lo invitó a tomar algo caliente en el Kiosko Roca. El joven parecía aterido. Se sentaron delante del mostrador, en banquetas altas. Había mucha personas haciendo cola, compraban los sandwichiños y salían para comerlos en la calle, mientras caminaban contra el viento y el frío que llegaba del estrecho. Era de no creer la rapidez con que las camareras despachaban los pedidos. François y la viajera quedaron dentro. Siguieron tomando la bebida de malta y huevo y comieron más sandwiches
-Bueno, en realidad sólo son bollitos de pan blanco con paté de chorizo -observó François, pero se los comió a gusto.
-¿Y qué tanto dices tú que pesa un cuerpo?
-Pues, más o menos en dos kilos y medio. Entenderás que depende del tamaño.
-¿Dos kilos y medio? Sólo dos kilos y medio? ¿En tan poco queda un cuerpo al incinerarlo?
-Piensa que las cenizas son casi todo material óseo, y tenemos la hostia de huesos. El resto no es nada, la carne se queda en un puñadito de polvo.
-¿Y se vive bien esparciendo cenizas?
-Sí, se viaja mucho. Desde que nos vimos en Kaizu, ya estuve en Pokkara y en el Nilo. Obviamente. No está mal. Sale caro para quien hace el encargo, pero para mí es el mejor trabajo que podía tener. Debo recoger las cenizas, tramitar los permisos y, después, documentar con fotos y vídeos el esparcimiento. La gente no quiere encontrar fantasmas por la casa adelante por no cumplir sus últimas voluntades, y menos aun si la herencia está sujeta precisamente al cumplimiento de esas últimas voluntades.


La viajera pidió más bebida de malta. La clientela se apilaba, se apretaba y miraba con decaro porque llevaban demasiado tiempo allí, sin compartir las banquetas ni el espacio.
-Visto así, elegiste un buen trabajo.
-Las solicitudes aparecen aparecen a montones. Te mostré en Kaizu mi funeraria online, ¿verdad? -se echó a reír como si acabase de contar un chiste. Ella no se rió, él se puso serio, bebió y limpió los bordes de los labios con la palma de la mano- Y a ti, cuando te mueras, ¿dónde te gustaría ser esparcida?
-Me gusta el hielo. El hielo te atrapa durante millones de años. Sería una buena manera de permanecer inmortal.
-Si me llevas al lago Nordenskjöld, me comprometo a esparcirte en la Antártida cuando la palmes. Con lo pequeña que eres, no vas a dar ni para un kilo.
-¿Y por qué supones que voy a morir antes que tú?
-Tienes más posibilidades, querida. Me llevas veinte años.
-¿Y por qué supones que me vas a esparcir tú?
-Porque cuando nos hartemos de caminar, tú y yo vamos a ser las personas más solitarias del mundo.




Inédito, Punta Arenas (febrero de 2013)