Siempre digo que estoy bien.


Hoy he de guardarme. Tomar algún brebaje que me asegure poder dormir durante el día y apagar el televisor portátil que se me instaló en la frente. Otros tienen una estrella en la frente, yo tengo un televisor portátil. Me levanté con la energía de la primavera tratando de ubicar las hojas caídas en el lugar correcto. Pensé en ser el ángel custodio de algo de tranquilidad durante todo este largo y amarillento día. Me desperté buscando un símbolo de paz. Pero mi televisor comenzó a tener mala recepción del satélite y debí ocupar mi energía de la mañana, en mejorar la imagen, ajustar el volumen, nivelar el contraste. Entonces, una gran tristeza cayó sobre mí. Una tristeza fría e inmutable cómo los cielos cerrados de muy al sur. Un torrente que me heló los pies y contracturó irremediablemente mi espíritu. Me comenzó a llamar desesperadamente desde la ventana, por donde hace rato ya no miro. Abrió las puertas por donde ya no cruzo, cortó los cabes de la luz. Hasta en la más pequeña concha de caracol podría acurrucarme e hibernar todo el tiempo que fuera necesario. Esta tristeza gélida ha modificado también mi tamaño. Todos los capítulos del día se han cerrado. Aún no se ha creado la música que acompañe estos asaltos desde el más allá. Un poco la tristeza se parece a la muerte, un poco el frío se parece a la tristeza, un poco la muerte se parece al invierno. Sentí como el indio Apache instalado en mi centro, fue desterrado de golpe a media mañana por los vikingos. Y él se sentó allá afuera, a mirar la tierra invadida por extraños que nada saben de su historia. El no tiene un plan salvo permanecer allí para guardar un registro. Yo no tengo un plan, salvo beber el brebaje que ayude a atravesar las horas de este día. Apagar el televisor portátil. Observar como el caos sigue cundiendo a mi alrededor. 




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