Jorge Cáceres Poeta Chileno

martes, 26 de julio de 2011

Federico García Lorca, (España 1898)



SI MIS MANOS PUDIERAN DESHOJAR


Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.


Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.


¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!





viernes, 22 de julio de 2011

Alvaro Ruíz, Chile (1953)



LA VIRGEN DE LOS TAJOS



Esta es la virgen de los tajos,
la insurrecta, la madre de los suicidas.
Está llena de dolor por ellos,
los poetas,
que ahítos, no soportaron el peso de los fardos,
la mediocridad del hombre insensato,
de aquellos infames que confundieron el presente con la eternidad,
ignorantes de que los muertos
son dos veces diez más
que los que aún poseen
el milagro de la vida.

Yo soy la virgen de los tajos,
tengo 25.920 años,
he dado una vuelta feroz y larga,
pasando y pasando a través de continuos equinoccios y solsticios.
Soy la línea imaginaria entre los puntos opuestos,
una señal oculta entre los arbustos
bajo un cielo sin estrellas encendidas.

Yo soy la virgen,
yo soy la virgen de los tajos,
la librepensadora,
la inmisericorde,
la prisionera,
la revolucionaria, la señalada y la absuelta,
la peor,
la peor de todas.

Bajo la órbita de un astro perdido
cuya sombra rebasa mis sombras
y tal como el silencio silencia,
en mí un agujero traspasa el universo.
Por él observarás el pánico celeste,
un desorden perfecto en extremo preciso.
Nunca me interesó la felicidad,
siempre algo de necedad encontré en ella.

Yo soy la virgen,
yo soy la virgen de los tajos,
a ellos rijo desde lo alto
de la única colina del valle,
donde los pastos crecen
irrigados por aguas cristalinas
y el sonido de ellas
los adormece en mi regazo.
Aún leemos a los poetas primeros
de todos los tiempos.
No doy nombres porque la poesía
es una y es sola,
un libro incompleto escrito sin vanidad.
Los ruiseñores se posan en mis brazos extendidos,
que es amor
a todos estos miserables suicidas.
En mí refulgen los siete estados de conciencia
y mi corona es una aureola violácea.

Yo soy la virgen de los tajos,
la virgen de los negros,
de cristianos y musulmanes,
de judíos y araucanos.
Yo soy la virgen de todos
aquellos que sanan su espíritu en este tránsito breve.
La perfecta y trastornada por amor a los poetas.
Yo no rezo,le hablo a la creación,
que es mi padre
y le pido a su infinitud
una nueva rueda de madera
para que gire y como el dínamo
haga más potente la luz.

Esta es la virgen de los tajos,
la protectora de desastres,
la inmaculada,
yo recibo a los difuntos poetas
cuando llegan a este nuevo estadio
y al verlos, enmudecen pálidos de curiosidad,
entonces les susurro en sus oídos que volverán a nacer
porque morir es mentira
y así, en aquel estado, balbuceantes palabreros,
los llevo al superior,
que como antes dije, es mi padre,
y guardo sus poemas y sus memorias en mi corazón,
que es el sagrado,
en este valle que regento
por amor y por trastorno.


jueves, 14 de julio de 2011

Marcela Muñoz Molina, Chile (1966)


TOMA AÉREA



Definitivamente no se puede con ellos. Al parecer somos neurológicamente  incompatibles y  en la  práctica, es un milagro que podamos establecer relaciones amorosas duraderas. No sé porqué sucede. No sé si es por la necesidad extrema de mantener la especie,  por soledad, por costumbre o por carencia. El tema es que insistimos una y otra vez. Apenas nos olvidamos de los dolores de parto, volvemos a embarazarnos y a cruzar el luminoso y escabroso escenario. Terminamos casi siempre fumándonos todos los cigarrillos, con la mirada perdida en el suelo, tomándonos todo el café. Evitando las comidas, durmiendo mal. Lo perdemos todo en ese intento. Si habíamos logrado dar con algo, lo volvemos a ofrecer en la mesa del otro, para compartirlo con todos. Cada asistente,  come inocente un poco de ese  fuego acumulado. Todos los testigos de esa fiesta de segundos, de colores brillantes y poco reales, saben que no durará y aún así, se ríen y participan. Será acaso uno de los  pocos estados de conciencia común. Los nacimientos, el amor y la muerte. Después caemos de nuevo. Los amantes siempre caen  violentamente. Los testigos tambalean, se sacuden un poco. Ellos dos solos y por separado, se despiden de un mundo inventado por los olores que lograron mezclar. Mueren  un poco en la caída, pero no mueren del todo al estrellarse. Deberán seguir. Deberán arrastrarse y volver a reunir parte por parte  cada lengua de fuego que haya sobrevivido. Encajar cada hueso en su lugar, para poder andar. Frenar hemorragias, zurcirse la piel como si  fueran niños de trapo. Rellenar el corazón con arena, con la misma arena que se llenan  los relojes. Y esperar. A aquellos que aún los sostiene la vida, volverán tarde o temprano a sentarse en la colorida mesa de los segundos.
Los otros,   astronautas fracturados y huérfanos, orbitaremos eternamente la tierra.


Foto de Scott Kelly desde la Intl. Space Station