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La noche del delineador negro (Marcela Muñoz Molina, Chile)

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Debí haber imaginado como sería la historia cuando me pidió que le pintara los ojos con mi lápiz delineador negro. Ya unos días antes, había sido extraña la forma en que se presentó en el bar, como si hubiera caído del techo justo a mi lado izquierdo, cuando yo miraba para otro lado. No cayó del cielo, Eso lo supe después. Sin embargo, lo vi y le dije - Yo a ti te conozco-. El bar tenía nombre de fruta en almíbar. Al día siguiente me regaló un repollo bastante grande que la familia le había enviado en un paquete, junto con una botellas de vino y un casette que nunca escuchó. Caminamos varias horas por una avenida, entre árboles que el viento había doblado. Lloramos, sentados en una plaza, por alguien muerto hace unos meses. Alguien que yo no conocía. La noche del delineador negro, me vestí como para una fiesta. Vestido negro corto, medías caladas con ligas, botas largas del mismo color, los labios rosado fucsia. No hablamos de casi nada. Estábamos preparando un ritual para el que no n...

Maya Angelou (Saint Louis, Misuri, USA. 1928)

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ALONE Anoche acostada, pensaba Cómo encontrar para mi alma una casa Donde el agua no tenga sed Y la pieza de pan no sea una piedra Se me ocurrió una cosa Y no creo que me equivoque Que nadie, Pero nadie puede hacerlo solo aquí. Solo, todo solo Nadie, pero nadie puede hacerlo solo. Hay algunos millonarios Con dinero que no pueden usar Sus esposas corren alrededor como banshees Sus hijos cantan blues Ellos tienen médicos caros Para curar sus corazones de piedra. Pero nadie No, nadie puede hacerlo solo aquí. Solo, todo solo Nadie, pero nadie Puede hacerlo solo. Ahora si escuchas atentamente Te diré lo que sé Nubes de tormenta se están acumulando El viento va a soplar La raza del hombre está sufriendo Y puedo oír el gemido, Porque nadie, Pero nadie Puede hacerlo solo aquí. Solo, todo solo Nadie, pero nadie Puede hacerlo solo. Y AÚN ASÍ, ME LEVANTO. Tú puedes escribirme en la historia con tus amargas, torcidas mentiras, puedes...

Rodrigo Lira (Chile, 1949)

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GRECIA 907, 1975 Derrepente no voy aguantar mas y emitiré un alarido un alarido largo de varias horas previamente - habrá que tomar precauciones- habré electrificado mi balcón cerrado la puerta con llave (se me olvidaba que he de instalar una reja en la ventana del baño) sembrado mis paredes con amuletos fabricados en noches de viernes a sábado de tal manera que los tanques queden atascados a varios cientos de metros de distancia los pilotos de los jocker panthers no puedan controlar sus lúpings y se estrellen justamente encima de los camiones de soldados que justamente habrán chocado con los tanques que estarán atascados en el asfalto que empezará a derretirse a los pocos minutos del alarido que emitiré cuando no aguante más Derrepente no voy aguantar más: ya no bastará con las pajas mías de cada noche con los pitos nuestros de cada día y cuando no basten los opiáceos los sicofármacos los traquilizantes mayores o menores las botellas de vino, cerveza, pisco o agua mineral Previament...

Beatriz Vignoli (Argentina, 1965)

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ECLIPSE En el horno de leña y de ladrillos el cóncavo disco de hierro donde se asa la carne y los panes se tuestan parece, en su trípode, una de aquellas cosas antiguas frente a las que tanto te gustaba fumar. Tu amigo me cuenta: vas a las cuatro plazas por una vereda, por la otra vereda vas volviendo como el loco a su casa. Tu amigo me cuenta: en todos estos años no pronunciaste más una palabra. Cruza las piernas: noto que sus botas son del mismo estilo que ya era viejo entonces. La lleva, sin embargo, con gracia pero su silencio es un reproche. Oscuro contra el fuego, el perfil del disco parece rebanado de un eclipse total. DAFNE a Hugo Padeletti Ser verde en el invierno, ser brisa y ser azul, deprisa: que padre río me transforme en árbol. Debo espejar lo eterno en el instante del brillo, ser la cava del grillo: que padre río me transforme en árbol. Entre las hojas el trueno al sol murmura; yo huyo en la espesura. No quiero ser la cosa qu...

Aproximadamente, dos kilos y medio (Anxos Sumai, Catoira, Galicia)

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La viajera se cruzó por primera vez con François en un restaurante de la ciudad de Kaizu. La ciudad de Kaizu se sitúa en la zona central de la isla japonesa de Honshu. Desayunaban. Ella un té verde, dos piezas de onigiri de salmón y arenques marinados. Él estaba sentado un par de mesas más adelante. Las mesas daban a una ventana desde la la cual se podía ver el río Kiso poco antes de unirse al Nagara y el Ibi. El Kiso, el Nagara y el Ibi se unen a la altura de la ciudad de Kaizu, a donde peregrinó por última vez el monje-poeta Matsuo Basho. Él y ella eran seres extraños en aquel pequeño restaurante, donde los pescadores tomaban sake tibio antes de extender las redes en el Kiso. Unas pocas mujeres, vendedoras de fruta, bebían su taza de té acompañada de pepinos encurtidos. Después de escudriñarse con la mirada, él se acercó a ella, le tendió la mano: -François. Ella también le tendió a mano, presentándose con el primer nombre que se le pasó por la cabeza. La conve...

Niels Hav (Dinamarca, 1949)

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LAS MUJERES DE COPENHAGUE Me he vuelto a enamorar de cinco mujeres distintas durante un viaje en el autobús de la ruta 40 de Njalsgade a Osterbro. ¿Cómo va uno a controlar su vida en esa condiciones? Una de ellas llevaba un abrigo de piel; otra, botas rojas. Una leía el periódico; la otra, a Heidegger y las calles estaban inundadas de lluvia. En el bulevar Amager subió una princesa empapada, eufórica y furiosa, y me cautivó totalmente. Pero se bajó frente a la estación de policía y su lugar lo tomaron dos reinas con pañoletas fulgurantes que hablaban con voces estridentes en pakistaní durante el trayecto al Hospital Municipal mientras el autobús bullía de poesía. Eran hermanas e igualmente bellas, por lo que les entregué mi corazón a las dos y empecé a hacer planes de una nueva vida en una aldea cerca de Rawalpindi, donde los niños crecen en medio del olor a hibisco mientras sus madres cantan canciones desgarradoras cuando la tarde cae sobre las llanuras paki...

Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935)

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Tabaquería No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Ventanas de mi cuarto, de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?), dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente, a una calle inaccesible a todos los pensamientos, real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente, con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres, con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres, con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada. Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme y no tuviese otra fraternidad con las cosas que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle la fila de vagones de un tren, y una partida pintada desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos...