Jorge Cáceres Poeta Chileno

martes, 31 de enero de 2012

Alvaro Ruiz: Poesía, bares y santidad. (Chile, 1953)


He visto morir de cirrosis a grandes poetas y escritores. Se empinaban sendas cañas antes del mediodía y miraban en los vidrios catedrales de las puertas batientes de los bares sombras de personas que murieron, fantasmas que atravesaban con los pies en puntillas la distancia que existe entre el inframundo y la realidad. 
De inútiles furores e inmensas alegrías estos poetas pasaban a un estado de profunda tristeza metafísica, donde los signos leídos en la borra de los vasos advertía de adversidades y desamores aún mayores, de inminentes días ahítos de dolor, locura y miseria. La lista beoda en Chile es larga, larguísima. Son los santos de la poesía. Todos tenían una aureola violácea, el más profundo, el más elevado de los colores, la aureola, la circunferencia del vino tinto. 

El notabilísimo escritor inglés Malcolm Lowry, arcángel y parroquiano frecuente de cantinas y tugurios durante su residencia y escritura de Bajo el Volcán en México, muchas veces tambaleante de borracho al amanecer, se encaminaba al templo de la Virgen de la Soledad, en Oaxaca, donde fervientemente rezaba a la madre "de los que no tienen a nadie con ellos", a "la virgen de los desamparados", rogándole para que hiciera real el mundo de lo imaginario.

Sin embargo, la realidad nunca se apiadó de lo imaginario en Chile. Gran parte de sus poetas murieron de cirrosis, marginados y sin recursos de ninguna especie.
Es de mediano conocimiento que a lo largo de la historia de la literatura chilena, muchos autores han tenido una estrecha relación, y otras veces una clara adicción, con el alcohol. En esta lista de notables escritores bebedores se me vienen a la memoria los nombres de Pedro Antonio González, Alberto Rojas Jiménez, Teófilo Cid, Eduardo Molina, Carlos de Rokha, Rolando Cárdenas, Martín Cerda y los hermanos Jorge e Iván Teillier, entre otros. De las escritoras, María Luisa Bombal, Stella Díaz Varín y Yolanda Lagos (la coneja).

Empecemos estos brindis, que he llamado de la santidad (por su calidad de mártires e iluminados), con Pedro Antonio González (Curepto, 1863-1903), talentoso poeta que vivió en las más miserables buhardillas santiaguinas y que solía beber en bares cercanos al Cementerio General, entre ellos y como base de operaciones, el legendario “Quitapenas”. Se casó con una joven alumna a la cual dejaba encerrada en el cuarto para él libremente salir de parranda, muchas veces por varios días. Obviamente ella huyó de su lado uniéndose a un circo pobre que recorría el país. El poeta murió en la miseria y la soledad, en una cama de caridad del Hospital San Vicente de Paul, hoy el Hospital Clínico de la Universidad de Chile. Autor de la escatológica Oda al peo y de Ritmos, único libro que pudo ver impreso en vida y que constituye una de las primeras manifestaciones del Modernismo en Chile. 

Alberto Rojas Jiménez (Valparaíso, 1900-1934) después de beber hasta las últimas consecuencias en un boliche de la calle Esmeralda (Plaza del Corregidor Zañartu), cercano a la estación Mapocho, y sin dinero para pagar la cuenta, deja empeñado su abrigo y su chaqueta, para salir en mangas de camisa a la intemperie de una fría y lluviosa madrugada a fines de mayo y caminar hasta la Quinta Normal, donde vivía su hermana, y morir fulminantemente al día siguiente de una pulmonía. Sabido es que una vez muerto, Pablo Neruda lo vio volando por el cielo, lo que junto con su iluminada obra es razón suficiente para incluirlo entre las santidades poéticas de la República de Chile.

Teófilo Cid (Temuco, 1914-1964), poeta y periodista, culto y profundo, rara avis, poeta rebelde, baudeleriano, dandy de la miseria, fundador del grupo surrealista Mandrágora, maestro y epígono de Jorge Teillier, a quien recuerdo narrando episodios vividos junto a Cid en el bar Il Bosco, entre ellos la alucinante historia de cómo agarraba delicadamente con las yemas de sus dedos a voraces piojos que llevaba entre sus ropas, a los que perdonaba llamándoles pobrecitos seres, para acto seguido reacomodarlos en la manga interna de su camisa. Autor de Bouldroud, colección de relatos oníricos. Abandona el surrealismo y cierra filas con el creacionismo de Huidobro publicando Camino del Ñielol, poema largo de mil versos a su tierra natal. 
Enrique Gómez Correa lo recuerda como master de la noche. 
Poco antes de morir como indigente en una cama del Hospital José Joaquín Aguirre afirma en un poema: “No se puede jugar con nafta sobre el fuego ni beber de botellas que no acaban nunca”. 
Poeta, mago y santo.

A Eduardo Molina Ventura (Santiago, 1913-1986) lo conocí personalmente en las maratónicas reuniones literarias que se llevaron a cabo durante años en la Unión Chica, bar a estas alturas bastante conocido por esas mismas hoy legendarias reuniones, generalmente capitaneadas por el poeta Jorge Teillier, y a la que asistían regularmente los escritores y poetas Rolando Cárdenas, Enrique Valdés, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Olivarez, Iván Teillier, Aristóteles España, Ramón Carmona, Juan Guzmán Paredes, Roberto Araya, el pintor Germán Arestizabal y el infrascrito, también bebedor, entre otros habitantes del poblado de La Esperanza. 
Como en el Club de Tobi, raramente llegaban mujeres. Se bebía indiscriminadamente vino tinto y vino blanco, para que adentro peleen los gatos, sostenía Rolando Cárdenas, en evidente referencia a la marca gato negro y gato blanco de la viña San Pedro, botellas que traían en el gollete un gato plástico en esos colores.

Recuerdo perfectamente una entrevista que me concedió el “Chico” Molina y que posteriormente fue publicada en el libro Nueva York 11 (Editorial Galisnost, Stgo, 1987), antología literaria que incluía a todos los autores de esa chalupa ferozmente dionisíaca llamada Unión Chica, barcaza que navegaba a punta de zozobras contra la corriente de aquellos días sedientos y oscuros.
En esa entrevista el poeta Molina textualmente declara:
“Nací en Santiago en el mes de septiembre de 1913 en casa de mi padre, Eduardo Molina Lavín, precursor de la aviación chilena. Hoy la Facultad de Química de la Universidad de Chile, en Avenida Vicuña Mackenna.
Estudié Antropología, Filosofía, Derecho y Psicología.
En mi ataúd deseo un ejemplar de Monsieur Teste (Paul Valery).
En mi funeral, música de Robert Schumann. En caso de equivocación a Carlos Gardel o, por último, al “Guatón” Gustavo Loyola.
Católico fui, hoy ateo, por la gracia de Dios.
Chile es un país regio, sin embargo hay muchos feos, con cara de puñete.
París es la gran ciudad del mundo y de París mismo lo más sobrecogedor es la morgue, las cloacas y el matadero de “La Villette”.

Molina tenía fama de mitómano. Conocía París por mapas y por libros como nadie. Un buen día una millonaria norteamericana sobrecogida por el conocimiento parisino de Molina y al enterarse posteriormente de que jamás había estado en París, decidió generosamente pagarle los pasajes a la ciudad de las luces, alojándose algunos días el poeta y mago, en las dependencias de la embajada chilena, cuando su amigo el escritor Jorge Edwards era primer secretario de la legación diplomática encabezada por el flamante embajador Neruda.

Molina siempre me dijo que yo era un lobo disfrazado de oveja, con cierta picardía y generosidad. Que de todos los escritores y poetas chilenos el mejor de ellos era sin duda el mismísimo Eduardo Molina Ventura. 
También recuerdo una carta que le escribió de puño y letra a Jorge Teillier al psiquiátrico El Peral, de la cual fui portador y finalmente testigo al constatar junto al destinatario que el texto eran puros signos jeroglíficos y las pocas palabras claras y legibles eran a su vez absolutamente ininteligibles. 

Por lo demás y con el afán de desmitificar debo confesar que el poema atribuido a Molina en ese mismo libro Nueva York 11, titulado Los castillos del juglar, fue enteramente escrito por Jorge Teillier, Carlos Olivarez y yo, a modo de cadáver exquisito, un mediodía de rayos de luna (whisky con jugo de manzana) en casa de Teillier, en la calle San Pascual. 
Molina había fallecido el año anterior en un campamento miserable de la periferia santiaguina en estado de iluminación. El poeta Eduardo Anguita declara en su poema Única razón de la Pasión de N.S.J.C. , lo siguiente a modo de coro: 
…Nuestro Señor Jesucristo subió al Calvario por el Chico Molina…
Mago, poeta imaginario y santo mentiroso.

Rolando Cárdenas (Punta Arenas, 1933-1990) era un poeta profundo e introspectivo, delicadamente triste y observador, huérfano a temprana edad, autor de una obra de ricos paisajes patagónicos prácticamente desconocida por el mundo lector. Obra reunida y publicada póstumamente por el escritor también magallánico Ramón Díaz Eterovic. 
Recuerdo un rayado que hizo y que por muchos años permaneció en uno de los muros del refugio López Velarde de la Sech, decía: ¡Qué te importa a mí! Poeta metafísico y persona impertérrita era Cárdenas. En un poema que dedico a su memoria, en Casa de Barro, es probable que lo describa con mayor precisión:

En el lento vuelo de la avutarda

En el lento vuelo de la avutarda Rolando Cárdenas murió
Todas estas plumas las robé
Nada de manantiales; sólo aguas estancadas
De canoa a canoa una señal de estrellas en el corazón
Delgada la voz como un hilo
Que cruza y cierra los ojos
El horizonte es un madero
Los vasos están trizados y el viento sopla sobre los rostros
Volveremos a los pastizales
Una ráfaga atraviesa el cielo
Como en el espejo las golondrinas
Ya nadie cantará “Corazón de escarcha” 
Sus amigos también murieron y sólo queda el aire
Meridional.

Rolando Cárdenas era constructor civil, de baja estatura, nariz aguileña desviada, ancha sonrisa y bebedor consuetudinario (con suéter ordinario al decir de Teillier, quien también lo llamaba Imbunche, por su parecido al adefesio mitológico chilote, y de ser una persona incapaz de hacer hasta un radié, en directa alusión a su formación profesional y al absoluto olvido de sus estudios). Amaba a los gatos, peinaba y vestía pulcramente, era gallo en el horóscopo chino y se presentaba a diario en la Unión Chica a beber, sorbo a sorbo, hasta el anochecer. Siempre discutió a muerte con Enrique Valdés, que lo exasperaba hasta hincharle la vena del cuello. Murió en extrema pobreza dejando la puerta del departamento entreabierta, sabiendo por intuición y certeza, que la parca venía por él. 
Poeta, mártir y santo.

A Stella Díaz Varín (La Serena, 1926-2006) la conocí como la “dipsin dopsin”, que en su particular lenguaje significaba “evidentemente”. Todos saben que era más conocida como la colorina, por su ígnea cabellera de juventud. Bebía fundamentalmente vino blanco, era una mujer dulce y terrible, agresiva y contestataria, podía fácilmente llegar a los puños, poseía un temible golpe de derecha, el que pude ver colocado en más de un mentón. Para quienes la conocieron era una dulce oveja disfrazada de leona salvaje. Buena conversadora y excelente cocinera, coqueta, aborrecía a las mujeres superfluas, especialmente aquellas que no habían aprendido ni a freír un huevo. Recuerdo que algunos años antes de morir la Municipalidad de La Serena la declaró Hija Ilustre concediéndole un diploma donde constaba el hecho, el cual más tarde terminó destruido en un tarro de basura de la calle Cordovez y ella reclamando airadamente de que hubiese sido mejor un cheque, algo más acorde con su miserable realidad económica.
Santa, poeta y mártir.

Martín Cerda (Antofagasta, 1930-1991) era un brillante ensayista, elegante y culto. Escribió La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo. A los 20 años viajó a París matriculándose en la carrera de Filosofía en la Universidad de La Sorbonne, en una época en que la corriente intelectual estaba encabezada por los existencialistas Jean Paul Sartre y Albert Camus. Discípulo del filósofo Gastón Bachelard, autor de las Poéticas del fuego y Poéticas del espacio. 
En oposición a todos los santos bebedores anteriormente citados, que eran fundamentalmente bebedores de vinos, Martín Cerda bebía destilados, especialmente whisky y ron, costumbre esta última adquirida durante su exilio en Venezuela. Protagonista central de la novela de Enrique Lafourcade Adiós al Führer. 
Recuerdo sus ojos chispeantes y el señorío de sus gestos, solía vestir de terno y corbata, y en verano, guayabera. Poseía una aguda ironía a flor de piel y a las mujeres mayores que llegaban a la Sech les llamaba las carbono 14, por no saberse con precisión que edad podían esas reliquias tener.
Jorge Teillier en una elegía que le dedicó y que lleva el mismo título que la novela de Lafourcade, nos dice: 
Adiós a quien fuera nuestro secreto Führer / y nos recomendaba abstinencia botella de whisky en mano, / y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro / para conquistar Venezuela como sus antepasados.
Santo, mago y mártir. 

Jorge Teillier (Lautaro, 1935-1996) era un poeta silencioso y solitario, caminaba en puntillas y compraba el diario todos los días. A decir de su hermano Iván, desde niño le gustaba la espuma del shop, la que solicitaba a sus mayores cuando se presentaba la ocasión. Profesor de Historia, gran lector y poeta, hombre sensible y profundo.
Lo conocí en el refugio Ramón López Velarde de la Sociedad de Escritores de Chile, en el invierno de 1977. 
Nació el 24 de Junio de 1935, cuando en otro suceso moría en un accidente aéreo en las cercanías de Medellín Carlos Gardel. Jorge Teillier siempre sostuvo, con cierto orgullo, haber nacido el día en que murió Gardel. 
Admiraba al loco de Orelie Antoine Primero, aquel aventurero francés que se hizo proclamar rey por los araucanos mapuches en 1861. 
Recuerdo una carta que me entregó personalmente para que la publicaran los diarios, donde fustigaba a Cristina Wenke, al escritor Enrique Lafourcade y al poeta Fernando de la Lastra, a quienes acusaba de traición e hipocresía a raíz de la trampa que se le tendió cuando por ellos invitado al bar de la Plaza Mulato Gil de Castro se encontró que lo esperaban violentos enfermeros del sanatorio El Peral, que lo redujeron a camisa de fuerza y lo internaron en dicho hospital público. Guardo la carta como un recuerdo ya que jamás la hice publicar por considerar que el contenido de ésta atentaba contra su seguridad inmediata, al fin de cuentas Cristina era su mujer y Lafourcade y de la Lastra sus amigos pretendiendo que dejase de beber. 
Teillier era un poeta de pocos amigos y muchos conocidos. La rutina cotidiana le aburría enormemente. Más de una vez me confesó que bebía para rehuir esta escalofriante realidad. Parodiando el título de las memorias de Neruda declaraba “Confieso que he bebido”. 
La “Unión Chica” fue una estricta academia literaria en un mar de botellas de vino, donde la presencia esporádica de otros autores mayores, entre ellos, Francisco Coloane, Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Enrique Lafourcade, Gonzalo Drago y muchos otros, no hacían sino enriquecer las jornadas, confirmando de paso que las voces del grupo de escritores que ahí se reunían habían traspasado los muros del bar, en gran medida muros impuestos por los tiempos salvajes y los negros días de la dictadura militar. En la “Unión Chica” había que saber expresarse y también saber defenderse porque en cualquier minuto uno podía ser blanco de una agresión verbal, notablemente aumentada por los vaporosos efluvios de un Cabernet Sauvignon. 
Una tarde Teillier me citó al Bar Baquedano, en la Plaza Italia, en Santiago. Llegué antes que él, me senté en una mesa desde la cual observaba los árboles del Parque Bustamante. A los diez o quince minutos lo vi entrar, venía pálido y preocupado. Hace unos días había muerto su hermano menor Iván. Se sentó, bebió unos sorbos de vino y me confesó que algo extraño le ocurría. Que desde hacía dos días al bar que entraba se le acercaba un extraño, un extraño distinto cada vez, que le ofrecía un Campari.
A decir verdad, pensé que era cuento, un hecho real trastocado o que se hallaba en el umbral de un delirium tremens. A los pocos minutos un hombre desconocido que solitario bebía en la barra se acercó a nuestra mesa y derechamente a él le ofreció por su cuenta un Campari. Yo enmudecí y perplejo ordené otra botella de vino. 
Ahora pienso que su hermano Iván venía a brindar desde un estadio lejano y abstracto y a susurrarle al oído que morir es mentira. 
Teillier hizo de su vida una renuncia a gananciales. La dedicó a la observación, de un paisaje u otro, a la observación por sobre todas las cosas, a la observación de la naturaleza y del hombre, a sus oficios (a lo Whitman) y a la lectura no solamente de la Poesía sino también a la lectura de la historia y la geografía. Le interesaba enormemente la botánica y el esoterismo, donde siempre el misterio le hacía sonreír. 
Admiraba a Sergei Esenin, a Paul Verlaine, a René Char, a Georg Trakl, a Heinrich Heine, de cuya obra extrajo un verso para intitular su primer libro, me refiero a Para ángeles y gorriones, a Lewis Carroll, a Dylan Thomas, al cubano Eliseo Diego, a Rilke, a Pavese, a poetas comprometidos con la Poesía, con el Hombre, con la Belleza (aunque amarga sea ésta.) 
En los últimos diez años de su vida no le interesó viajar. Decía que un viaje a La Ligua ya era suficiente para él. Lo vi arrojar al basurero invitaciones y pasajes a Suecia y a la India, no recibir periodistas, cerrar las puertas, desechar los famosos quince minutos de gloria a lo cual se refería Andy Warhol, la fama, ese asunto de vanagloria. El éxito siempre le pareció algo casi vulgar.
Sostenía que un iluminado de Cabildo, tierra última de él, le había revelado que poseía un ángel de la guarda andrajoso pero sumamente poderoso. Subentendiendo el poeta que no debería preocuparse demasiado de las cosas mundanas, dejaba pasar las horas observando el detalle de los días, brindando en silencio, hacia adentro, en su casa lejana perdida en el bosque.

Poeta, mago y santo.

Nota: Los restantes poetas bebedores del listado fallecieron en gran medida de un modo similar, casi todos de cirrosis. 
Los bares se parecen a los cementerios donde crecen los cipreses como sombras en los vidrios catedrales de las puertas batientes de los bares.

Alvaro Ruiz
La Serena, Enero de 2012.




miércoles, 25 de enero de 2012

Marcela Muñoz Molina (Chile, 1966)



BAJANDO DEL ROTUNDO


Voy bajando del Rotundo. Voy cansada. Las espinas me han herido las piernas, los brazos, las mejillas. Tropecé ayer, no alcancé a sostenerme en pie y mis manos tampoco me sostuvieron. Comenzó a llover y yo sin capa de agua. Calzando unos zapatos tan livianos. Tan descubierta. Llevo dos fotografías tomadas en la cumbre. Sé lo que hay arriba, sé como se ve desde allí. Las águilas me escudriñaron con su ojo amarillo casi todo el tiempo. Los cóndores son aves prehistóricas. De muchas plantas que vi, no hay registro. Les puse nombre de acuerdo a lo que me recordaban. Viven allí "El ocaso del miedo", la "Madre siempre viva", el "Fantasma de la laguna", el "Hermano perdido". Una de ellas es venenosa. Muy venenosa. Las otras sanan algunos males. Pero en pequeñas dosis. Todo en grandes cantidades es venenoso. Cuando el terreno se vuelve empinado bajo más rápido, mis piernas parecen llevarme, pierdo el control. En la cima del Rotundo, vive principalmente la inconsciencia. Por eso siempre llueve. A veces, clarean sorpresivamente unos extraordinarios cielos de lucidez. Por el contrario, en la cima del Dorotea vive la infancia. Siempre hay sol sobre el Dorotea. El Rotundo es entonces el punto más lejano de la inocencia, sin llegar a ser maldad. Es sólo un acertijo que ha hechizado siempre a piratas y navegantes fuera de la ley. No hay tesoros escondidos en él. Los asuntos de valor, saltan a la vista. Es la humedad la que permanece oculta. Los bosques se tragan a los caminantes, largas ramas atrapan a las mujeres bellas, las convierte en seres de papel. Hay rincones que nunca llegué a conocer. Pequeños valles por los que no quise cruzar, porque nadie los había pisado jamás y hasta el Rotundo se merece el resguardo de lo sagrado. Voy cansada. Siete años es mucho tiempo. Planificar esta expedición no fue fácil. Perdí el rumbo varias veces. Estuve a punto de morir en el ascenso, sin embargo, persistí. Para mí, la cara norte de mi tranquilidad estaba en la cima del Rotundo y debía ir por ella. Aún así, voy bajando dudosa si después de este cansancio inmenso viene la paz. Contra todo vaticinio he salvado la vida. Quizás porque no soy ni un caminante ni una mujer bella. Sólo soy la niña pirata más intrépida al sur de la isla de Wellington. 


de "Casi todo se estrelló contra la vida corriente" 
2011